
Existe un tiempo único, casi secreto, que va desde que la Amargura baja hasta que la luz dorada de la Resolana trae la Esperanza de diciembre, combatiendo el mismo frio húmedo que recién estrenado va cayendo sobre las mismas calles de siempre. Por balcones y cornisas se recortan los atardeceres rosas, veteando el azul del cielo tan cerca del huerto claro donde madura el limonero eterno del poeta. Por la estrechez de Regina se confunde entre el humo de castañas una navidad cada vez más lejos de lo que para mí alguna vez fue la navidad, difuminando el cruce de caminos entre Regina, Feria y la ojiva de San Juan de la Palma. El rayo de luz volverá a atravesar la vidriera el Domingo de Ramos para anunciarnos que el cortejo blanco de ese otro adviento indica que todo vuelve a empezar de nuevo. Y será cuando por ese mismo cruce de caminos, envuelta en el humo de incienso y recuerdos, se presienta que viene, cuando los ciriales asomen cambiando el ocaso malva por la radiante luz de la mañana del Viernes Santo. Y ahí estamos, expectantes, en ese punto, en esa espera sin tiempo, eterna, que es su vuelta, presintiéndola, sabiendo que está cerca, como si volviéramos sobre nuestros pasos a buscarla por las aceras de sus calles, a salir al encuentro por donde la vida late en una contradicción; la que ríe y que llora, aquella que nos hace pasar por su puerta y suspirar, la que está donde vayamos, repartiendo su nombre, inevitablemente.
Se la intuye, como cuando la alegría se apodera del cansancio de la espera y todo se tiñe de color, de oro, de incienso, de golondrinas, de emoción, de moñas de jazmines, de señorío, de delantales, de papeles de estraza y de claveles, de esmeraldas temblorosas, del rosa de sus mejillas y de entusiasmo.
Ya se la oye llegar, retumban en silencio los campanarios, tiemblan los geranios de las macetas y por las azoteas, el relente aguarda para perder la batalla ante el sol de su nombre, y será cuando por la Resolana, habrá vuelto la luz dorada a anunciarnos que habrá vuelto la Esperanza. Ya queda poco.
(A Manuel, guardián de la Esperanza y a su hijo, que en parte, inspiraron esta expectación)
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