martes, 13 de octubre de 2026

Lo intrínseco


 

En la calle Sombrerería, en el Bilbao viejo, en el entramado de sus siete calles, un azulejo recuerda a sus viandantes hasta donde llega la Esperanza, así, con mayúsculas. Entre balcones con macetas y banderas reivindicativas ajenas y propias está Ella, con su manto camaronero, dispuesta a seguir repartiendo esperanza mucho después de que aquella familia sevillana echase el cierre a aquel comercio de ultramarinos ubicado en el mismo edificio. Ahora posiblemente, serán los de los trolleis y los candados en las ventanas los que al verla, entre ikurriñas, se sorprendan. Nosotros, los que no nos sorprendemos, sabemos de sobra que Ella está donde se le espera, y donde no se la espera también, como cuando te la encuentras en cualquier lugar donde nos parece imposible que haya llegado, ya sea en la cartera de quien ha nacido a catorce horas de avión, en la taquilla de un futbolista, en la mano de quien no comulgue con nada y en el pensamiento de quien la contemple espiritualmente como quiera contemplarla. Ahí también llega la Esperanza. Todo esto tiene un porqué; la emoción que me provocó verla prendida en un cordel de la acampada de las Setas de Sevilla, donde los jóvenes piden algo tan básico como esperanza, otra vez la esperanza, para su futuro. Y allí estaba Ella, como una más, tan del pueblo, tan de todos, con la universalidad de su presencia, de corona de reina y de delantal de plaza de abastos, con su inabarcable grandeza ofreciéndose, desde un cordel, y no hay cosa más grande y a la vez, más cercana, como es ella.

Y seguro que a algunos les chirriará, a otros les parecerá normal y a otros, les sorprenderá que seas de donde seas, de pensamiento, obra u omisión, Ella, la que te mira medio en serio y medio en broma desde los ojos por donde mira Sevilla entera, sabe que ahí, donde más se necesita, está el sentido intrínseco de su Esperanza.