El club de lectura de Pino Montano es impresionante. Ellas, porque mayormente son ellas, ya saben de sobra cuanto de feliz me hacen. Ellos, en notable minoría, también. Coordinarlo es un regalo de la vida, no sé cuántas veces me lo habré recordado.
Ahora lo digo con el rescoldo de la emoción del encuentro del pasado jueves en el que tuvimos que dar la vez para intervenir, que no nos oíamos porque todos queríamos opinar, debatir, dar nuestro punto de vista a favor de Mr. C, del joven jugador o de la Riviera francesa, donde hasta cogimos sillas de otra sala y nos riñeron porque superamos el aforo que el centro cívico permitía, y todo para hablar de Stefan Zweig, de su impaciencia y de su novelita corta y a la vez tan extensa, tan llena de dependencias que se reparten entre el amor y el juego.
Nosotras, en mayoría y ellos, en minoría, somos impacientes como Stefan, quien lo fue para amar, para sentir y hasta para despedirse del mundo.
Deseando estamos de volver a reencontrarnos por leer y de leer para reencontrarnos.

