lunes, 29 de junio de 2026

La anestesia del recuerdo

 

40 años hace que aquella radio casette de un R5 dejó en forma de banda sonora el recuerdo de aquel verano sanluqueño en el que descubrí a El Último de la Fila.  Es así. Canciones como magdalenas de Proust capaces de devolverme en el tiempo a aquellos años donde todo me estaba por descubrir, al limbo de un tiempo que se nos va y que vuelve, como la estela de un cometa. Una de ellas, en modo cometa Halley dejaba un mensaje demasiado rebelde para la Reyes de aquellos finales de los ochenta donde todo le estaba comenzando; Mi patria en mis zapatos, mis manos son mi ejército. Para aquellos años esa letra era vitalidad pura con sonidos eléctricos y con el  tiempo, explicó muchas cosas y sirvió de base para muchas otras, convirtiéndose en razón, en porqué, en respuesta y en pregunta, y casi en himno personal. Y así, en adelante con todas las canciones, todas las frases, todas las melodías o todos los estribillos.

Después llegaron las actuaciones en televisión, la camiseta a rayas de Quimi, sus rizos, el embudo en la cabeza, el pantalón negro y la camisa roja de Manolo y fuimos y nos multiplicamos en sus conciertos, como los memorables del Cita en Sevilla donde tantos fuimos a escuchar desde fuera a Radio Futura, Joe Cocker, Círculo Vicioso o Spandau Ballet, entre otros, y donde el  Astronomía Razonable también tuvo su sitio, entre tanto cartel de nivel. 

Fue aquel un concierto inolvidable y mágico, del que conservo como un tesoro que heredarán mis nietos la camiseta con el perro mirando por el telescopio y la entrada dedicada con su pescaito, que conseguí tras hacer cola en el desaparecido Virgin de la calle Sierpes, donde más de una vez perdí la noción del tiempo sumergida tras aquellos apoteósicos auriculares entre el Unplugged de Nirvana o el Hell Freeze Over de los Eagles.  

Y llegó el disco perfecto, que como con Rayuela de Cortázar podría escuchar desde el final, a la mitad o en orden sin que dejase ni un ápice de apasionarme. Como la cabeza al sombrero lo tiene todo, es una obra de arte y tiene además, Llanto de pasión que el sábado al escucharla de nuevo me acordé de aquella Reyes que no sabía aún a dónde le llevarían sus zapatos, la que no sabía lo que le deparaba el destino y a la que tanto le quedaba por descubrir pero que allí estaba, haciendo recuento con ella misma de los recuerdos que al final, son un cruce de caminos. 

Muy emocionada, feliz del reencuentro con ellos y conmigo, no podía dejar pasar por alto esta oportunidad que ahora me dan mis manos, que son mi ejército, de describir la alegría como otra forma de rebeldía que tan acertadamente dijo Manolo, que siento de haberlos vuelto a oír en directo después de aquella última vez en el Auditorio Rocío Jurado con la gira de La rebelión de los hombres rana. Tres años después nos dejaron huérfanos, desolados, vacíos de música de verdad, auténtica, con alma y corazón cuando decidieron tomar caminos por separado. Y como Police sin Sting no es Police, ni Mark Knopfler sin Dire Straits no son Dire Straits ni Mcartney sin los Beatles, por esas cosas inexplicables que me caracterizan, no he sido capaz de ir a un concierto de Manolo García, sin Quimi. 

Ahora, presa de la tregua que me da la anestesia del recuerdo, recordaré siempre que la vida me regaló el volver a verles juntos y vibrar con El Ultimo de la Fila en directo treinta años después, aunque como dijo Borges, nosotros los de entonces ya no somos los mismos, pero desde luego, sí los que fuimos. Y los que nos multiplicamos.



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