martes, 26 de mayo de 2026

El pathos bético

Decía Mario Benedetti que nada había más desolador que el viento arisco que se levantaba en una grada vacía, como una bocanada de desconsuelo. Quedan lejos los ecos de los goles, la desilusión portuguesa, las noches frías, la lluvia, el calor y el caos ya convertido en costumbre, de cambiar la Palmera por el páramo de la isla de la Cartuja. Y al igual que el uruguayo en voz de aquel delantero que miraba la grada vacía como un esqueleto de multitud, como un eco fantasmal de la misma multitud que ruge, aplaude, insulta o agita banderas, comparto la reflexión que deja mi personal grada vacía tras la consecución del objetivo, como un pathos bético tras el balance del año en el almanaque bético.

Por esa gente mayor a la que ir a la Cartuja le parecía un mundo, después de haber cruzado los abismos de los campos de albero de Tercera División, por lo que les cuesta llegar, por lo que les cuesta ubicarse, tan lejos del Villamarín, pero ellos están, porque estuvieron y por los que vendrán. Por los que llenarán de nuevo esas gradas, niños que pudiendo ser de otro equipo eligieron que los reyes le trajeran la camiseta con Isco a la espalda, como los fieles a los dorsales míticos o por los que se levantan cuando anuncian el nombre de quien brilla sobre todos en el firmamento de estrellas del móvil. Por los que llegarán de donde tengan que llegar, dejando la procedencia en el cristal delantero del autobús en la explanada junto al estadio y por los que esperarán, allí donde aguardan, a que el autobús que les lleva al Betis de verdad le devuelva algo de las raíces, de ese origen que nunca se pierde. Por esa seña de identidad que es la novena provincia. Por esos béticos y béticas que siempre estarán cuando se trata de jugar donde sea, dejando por hecho que siempre juega en casa, aunque juegue fuera. Por los del mapa, la hucha, los aeropuertos, las conexiones, la locura de la cabeza que no conocerán distancias, ni fronteras, ni dificultades, que llevarán las trece barras por cualquier rincón del mundo. Por los que esas mismas trece barras les sujeta a lo suyo como nexo de cercanía, cuando la distancia es grande. Por los que esperan volver y el Betis es el anhelo. Por el que se asoma desde el escudo de punto de cruz que tejieron las manos que vieron jugar a la alineación de ensueño, Cardeñosa, Esnaola, López, verdadera música celestial que sigue sonando dentro de cada uno desde 1977, distinta pero igual a la que oyó ese niño que veintiún años atrás vivió el gol de Dani al Chelsea y que ahora, podrá explicarle a su hijo cómo suena esa música sobre el pentagrama verde y blanco. Por el Betis de las banderas, de los QR, por el que resucita de todas sus muertes, el que cabrea cuando empata y tranquiliza cuando Pellegrini sale con chándal. Por la marea verde de la Cartuja que se confunde con la del rio, el río grande, que dio nombre a la Bética, de donde venimos, donde se escribe la historia bética. Ahora queda esperar a que se esfume esa desolación de grada vacía y vuelvan a llenarse de esa ilusión bética que nos hace incombustibles, y porque lo mejor está por venir, siempre. Y siempre, Manquepierda.

(Publicado en Sentir Bético el  25 de mayo de 2026)

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