Le he leído a mi admirado Salvador Navarro que viaja sin más expectativas que todas las del mundo y como propósito de año nuevo, me viene de maravilla, para precisamente este año, no hacer propósitos, pero sí balance con expectativas. Y como en un collage de fotos pero con letras, el año empezó en la sierra, donde reside el futuro en común. Los garbanzos y mi doña Violeta me llevaron a conocer a gente maravillosa, como a Lourdes, la bibliotecaria de Sierra de Yeguas que ya es parte del mundo narrativo de esta escritora, a Angeles, la lectora que me llevó a la cadena SER y a la biblioteca del Hoy por Hoy, a Leonor, a Reyes, arterias del mismo corazón, a Carolina, contadora de historias de Herrera o a Beli, otra bética de mi universo, junto al resto de mujeres poderosas de la Oliva, que cantan los Cuatro Muleros con el alma. Llegaron la estabilidad laboral para uno de mis hijos, dos derbis de botines rojos y verdes, a rayas blancas, el ansiado Domingo de Ramos de levantar faldones y la despedida de un costalero que siempre lo será, al que la lluvia dejó a medias en su galeón, aunque el Jueves Santo lo paliase en otro barco, qué mejor despedida que las trabajaderas de mi corazón.
Muchas dedicatorias en las ferias del libro, en presentaciones y en gente anónima ya imprescindible, los autores y libros, las risas, el buen rollo de mis clubes de lectura, los lectores, las lectoras, las miradas cómplices, el cariño, los textos de los talleres de escritura, la creatividad, la imaginación, la admiración, el parapeto con los poemas y las barras de los bares, los de siempre, donde tantas cosas se escriben. La búsqueda, el encuentro, el pellizco, las charlas en los institutos, el futuro, la memoria, un gol antológico de Antoni con tintes renacentistas y en Polonia, la maleta del Manquepierda llena, llenísima. Se hace camino al andar, que diría don Antonio. Volví a las cintas TDK de 90 con los Pet Shop Boys y a sorprenderme con la sabia nueva de Quetin Gas, a los atardeceres sanluqueños, a los de Faro Blanco y a Cádiz, como regalo del septiembre de la vida. Me bañé en una piscina, cosa extraordinariamente importante, pinté la mesa del salón de verde agua, aprendí a bajarme de la moto por la acera correcta, colgué la bandera de Palestina en el balcón, cumplí 56 años y me regalé la que será mi próxima novela, una gorriona que volará desde las calles de un barrio sevillano hasta el verano de 1981. La bici, mi bici, ya conoce el camino del exilio cartujano, ahora que dicen que soy la ministra de cultura de la Peña bética del barrio de la Feria, para mayor orgullo y satisfacción. Escribí del Betis, en el Correo de Andalucía en Cuaresma, en mi azotea y en mi cuaderno de todo, donde todo aún está todo por contar.
Entre octubre y noviembre, asomaron las orejas del lobo de los hospitales en gente de mi círculo más apretado y certifiqué a posteriori, que lo mejor de la vida es vivirla en las calles y en los bares. Vitoria y Pamplona con goleada inesperada, vermús, pintxos, Sarri Sarri y el entusiasmo intacto envuelto en los papelitos de los piononos de Santa Fé que tanto conocen a Lope de Vega.
David Uclés me firmó mi Península, porque mis alumnos son increíbles y porque mi Carmina siempre está, como mi Inma, cuadrando agenda para irnos a esa tasca de Castilleja entre plantación y viajes, y en Chile late una parte de mi corazón que tardará un año en recomponerse si octubre del 2026 lo remedia.
Intramuros, la Esperanza volvió, sin haberse ido del todo. Ayer brindé por ello con tinto de Rioja con una mujer valiente de ojos verdes, y por el porvenir, el suyo y el mio, y el de muchas mujeres. Esta noche lo haré con los míos pidiéndole salud y alegría a este nuevo año, para que llegue sin más expectativas que todas las del mundo.
